En efecto: ha llegado la hora de invocar al discurso que Theodore Sorensen preparó para la investidura de Kennedy (No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país). Porque, sesenta años después, es necesario reformular tal exhortación para dirigirla a toda la ciudadanía europea, de manera individual.
En el debate europeo es habitual, y cada vez más frecuente, escuchar opiniones instaladas en la queja permanente: desde que somos los campeones de la burocracia o que ostentamos el liderato mundial en tibieza ante lo que pasa delante de nuestras narices, hasta ponernos la etiqueta de “experimento obsoleto”, que no entendemos más que de regulación y que tenemos capacidad nula para innovar. Vamos, que nos están adelantando todos por la derecha.
Sin desmontar los argumentos anteriores, la mayoría entendibles, pero para los que existe una clara solución, como vamos a ver en breve, hay que poner énfasis en que estamos perdiendo la perspectiva de constituir un proyecto, el europeo, único en la historia de la humanidad.
El de una sociedad que decidió sustituir bayonetas por arcos de violín, que construyó, sobre las cenizas de la destrucción casi absoluta, un modelo de prosperidad común sin parangón todavía hoy: desde parámetros culturales y educativos, hasta producción de ciencia básica, calidad institucional o cohesión social. Lo es incuestionablemente en resultados deportivos. Y en indicadores económicos (sí, económicos, ya que la suma de las economías del nuestro continente -PIB Nominal- sigue siendo equiparable a la de EE.UU. y muy superior, todavía, a la de China).
Un modelo que, además, parece preocupado por el futuro de nuestro planeta y sus habitantes. Al menos sobre el papel.
Sin embargo, parece evidente que si seguimos haciendo lo mismo, teniendo en cuenta lo que está sucediendo en un mundo en el que siempre hemos sido minoría, las costuras de este modelo van a acabar cediendo.
Algo habrá que hacer. Do something! que decía recientemente Mario Draghi. ¡Haced algo! Y no le falta razón a alguien que siempre se ha mojado. Y que además ha propuesto su propia batería de medidas (el inapelable Informe Draghi que, junto con el informe Letta, constituyen una verdadera hoja de ruta para una Europa próspera).
La debilidad europea no es de talento ni de valores; es de decisión. En Europa estamos todavía instalados en el debate cómodo de desplazar la responsabilidad. Tan cómodo como estéril, porque elude la pregunta clave: ¿tenemos claro qué debemos hacer en Europa —y qué estamos dispuestos a cambiar para que pueda hacerlo—?
La respuesta es menos difusa de lo que parece. Si Europa quiere ser relevante en un mundo de potencias continentales, debe concentrarse en cuatro prioridades claras.
1. Autonomía estratégica
En este punto el nivel de consenso es incuestionable: sencillamente es cercano a la unanimidad. Este concepto no tiene nada que ver con la autarquía ni con el repliegue, sino todo lo contrario: explorar para generar valor propio. Se trata de no depender críticamente de terceros en energía, defensa, tecnologías clave, datos, infraestructuras digitales o cadenas de suministro esenciales. Autonomía estratégica es poder decidir sin miedo a represalias. Es soberanía práctica en un mundo interdependiente. El problema es que Europa tiene cada vez menos autonomía, porque no es capaz de generar tanto valor propio como EE.UU. o China. Es decir, está innovando cada vez menos: las grandes innovaciones vienen de fuera.
Algunos conocimos una China a la que creíamos incapaz de hacer lo que ha hecho en solo dos décadas: pasar de ser un país que copiaba para competir en costes, a liderar cerca del 70% de las tecnologías emergentes para competir en valor. No fue magia. Fue una secuencia de decisiones trascendentales: innovar de verdad, es decir, centrándose en el problema y no en las soluciones, matar ideas de forma productiva. Desarriesgar antes de escalar. Y construir herramientas de capital paciente y tomas de decisiones sin vetos cruzados, con dirección estratégica.
En este punto merece la pena detenerse en un aspecto: los llamados mercados de capitales. Europa dispone de algo que otros envidian: ahorro. La paradoja es que ese ahorro, el suyo, el mío, está financiando, vía productos financieros que nos venden a la vuelta de la esquina, mayoritariamente la innovación norteamericana. Financia tecnologías que ahora quieren, además, obligarnos a comprar en mayor medida, alimentando a sus grandes unicornios, gigantes líderes del Deep Tech. ¿La razón? La ausencia de un mercado de capitales europeo verdaderamente único.
El mercado europeo de capitales es condición necesaria, no sólo, para alcanzar ese gran consenso de la autonomía estratégica. Es también una oportunidad para utilizar una potente arma, la de nuestro ahorro, para hacernos valer frente a gigantes como Wall Street. ¿Por qué se creen, si no, el interés de las administraciones norteamericanas (no sólo la de Trump, aunque ahora sin tapujos) para mantener a Europa fragmentada?
En Europa hay países que encuentran incentivos para no crear un mercado de capitales único. Por ejemplo, quienes tienen sus pensiones depositadas en determinados mercados financieros. Estados que por una victoria pírrica juegan al juego del veto, bloqueando la construcción común gracias a una unanimidad perniciosa en la toma de decisiones.
2. Desburocratización
De nuevo, no hay duda sobre alcanzar consensos en este asunto. Europa ha confundido demasiadas veces la regulación con el control y el control con la eficacia. El resultado es un ecosistema normativo que penaliza la velocidad, el tamaño y el riesgo; justo lo contrario de lo que exigen los procesos de innovar y la competencia global. Simplificar no es desproteger: es liberar energía productiva, talento y capital hoy atrapados en procedimientos redundantes.
3. Competitividad de escala global (económica e industrial)
Quizás este punto tenga algo más de contestación, pero el consenso sigue siendo abrumador. Europa necesita referentes que hoy no tiene —unicornios, empresas capaces de liderar los sectores de alto valor— y, sobre todo, necesita aumentar el tamaño de sus empresas. El mundo no compite por buenas ideas, sino que lo hace por sistemas capaces de escalarlas. Sin empresas de un tamaño adecuado, no hay inversiones masivas, ni capacidad de fijar estándares, ni poder geopolítico económico.
4. Fiscalidad
La discusión fiscal suele aparecer entonces como coartada. ¿Hay que pagar menos impuestos? No. Hay que pagarlos mejor. Mejor significa que, por ejemplo, favorezcan positivamente el tamaño empresarial, incentivando el aumento de las pymes, la inversión en I+D en universidades y centros de investigación públicos y privados, promocionar los procesos de innovar basados en problemas o llevar a cabo una armonización que evite la competencia a la baja entre socios.
Sin embargo, nos perdemos en el debate de la sostenibilidad. Mientras el PIB per cápita crece de forma sostenida, los debates sobre la insostenibilidad son relativamente alarmistas. Las pensiones o la sanidad —ambos conceptos en torno al 15% del PIB— son, en gran medida, gestionables. Reformables, si me lo permiten, sin grandes disrupciones.
Existe un debate provocado y creciente en torno a este aspecto. Debate de vísceras y no de razón. Universidades en todo el mundo pueden aportar claridad a los debates. El problema es el ruido que las silencia.
Verán ustedes que todavía no he descubierto nada. Mejor dicho, nada que no esté ya dicho (insisto con la necesidad de revisitar los informes Draghi y Letta). Pero todo —absolutamente todo— conduce a una decisión previa, incómoda y urgente: eliminar la unanimidad en la toma de decisiones europeas.
Mientras una sola capital pueda vetar el avance común, Europa seguirá siendo fuerte en diagnósticos y débil en acción. La unanimidad no es un principio democrático; es un mecanismo de bloqueo. En un club de veintisiete, equivale a la parálisis permanente. Sin mayoría cualificada real, no hay política exterior eficaz, ni defensa común, ni política industrial, ni mercado de capitales integrado.
¿Es posible eliminar la unanimidad? Siempre es posible. La política es el arte de lo posible cuando existe voluntad. ¿Y si algunos no quieren? Entonces habrá que decirlo sin eufemismos: Europa no puede ser rehén de quienes no creen en ella.
Josep Borrell ha hablado recientemente de la imperiosa necesidad de romper con la unanimidad en la toma de decisiones de la UE, pero al mismo tiempo señala que para eliminar dicha unanimidad se requiere unanimidad, para concluir acto seguido que parece misión imposible.
Sin embargo, tenemos una ejemplo reciente en el Brexit, donde un estado miembro ha dejado de serlo de la noche a la mañana. Y si la unanimidad es el problema, ¿no se podrá refundar el proyecto europeo entre aquellos que estén dispuestos a dar el paso, asumiendo salidas selectivas?. El Brexit no fue el fin de Europa; fue la prueba de que la Unión puede sobrevivir a quien decide no compartir destino. La fórmula también nos puede servir para el conjunto complementario.
Llegados a este punto, conviene volver a la pregunta inicial: ¿qué está en nuestras manos, en nuestra esfera individual, como ciudadanos europeos? Mucho más de lo que pensamos. Basta con renunciar a cuatro posiciones individuales:
- En primer lugar, renunciando a toda opción política que nos aleje del europeísmo. No por dogma, sino por realismo: fuera de Europa, somos irrelevantes; dentro, somos una potencia común. Es una decisión individual la de apoyar sólo a opciones políticas que busquen esos consensos básicos y no la confrontación visceral. Y predicar activamente la postura. Como vemos, hay cuatro grandes consensos sobre los que se puede construir todo.
- En segundo lugar, renunciando activamente a la polarización. La polarización es el combustible perfecto para la parálisis. Divide sociedades, debilita consensos básicos y convierte cualquier reforma estructural en una guerra cultural. Dejar de lado a las opciones que cancelan a otras. O abrazando otras que van justamente en la línea contraria, como la plataforma paneuropea emergente Volt, que ya ha entrado en el Parlamento Europeo.
- En tercer lugar, renunciando conscientemente a nuestros propios sesgos de confirmación. Porque informarnos solo a través de quienes confirman nuestras creencias es una forma cómoda de ignorancia. En Europa es exigible contar con ciudadanos intelectualmente responsables: capaces de leer a quien discrepa, de diversificar fuentes, de elegir la moderación cuando el ruido invita al extremo. Volver a los grandes referentes de nuestro modelo: intermediarios de valor, desde la universidad hasta la prensa… justamente, y no es casual, dos intermediarios que están en el punto de mira de la nueva política colonial.
Kennedy apeló a una generación dispuesta a asumir responsabilidad. No parece que le hicieran demasiado caso. Europa necesita hoy esa misma apelación, sin épica y con urgencia. El futuro europeo no se juega en Bruselas; se juega en nuestras decisiones individuales cotidianas: políticas, económicas y culturales.
Las claves de Europa en la esfera individual
- Apostar por posiciones claramente europeístas y buscadoras de los cuatro consensos básicos
- Renunciar a la polarización
- Renunciar a nuestros propios sesgos de confirmación
“Do something” (Mario Draghi)
Joaquín Romero Roldán es consejero-asesor independiente, miembro del IC-A.