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Implantación de estrategias

Rediseñar un servicio es un proyecto; poder rediseñarlos todos es una capacidad

Instalar en una institución pública el mecanismo que le permite mejorar sus servicios de forma continua: un diagnóstico honesto de lo que hoy la frena, un laboratorio con gobernanza y presupuesto, y los equipos que lo sostienen.

Es un trabajo de diseño propio: diseño, coordinación y acompañamiento. Nace de haber dirigido la gestión de una institución pública desde dentro, donde se aprende que el obstáculo casi nunca es la falta de ideas, y de haber construido después este modelo con una alianza de diez universidades europeas.


Cuál es el problema

Casi ninguna institución pública tiene un problema de ideas. Tiene un problema de sistema habilitante: sabe qué habría que mejorar y no consigue mover una iniciativa prometedora a través de sus propios procedimientos.

Cuando se mide la madurez institucional de una organización pública, el patrón que aparece es sorprendentemente estable, y se resume en cuatro palabras: conectada por fuera, atada por dentro. La conexión externa suele ser la dimensión más fuerte; la agilidad administrativa, la más débil de todas y a bastante distancia.

Ese desequilibrio produce cuatro efectos concretos, y los cuatro se pueden desmontar:

El diagnóstico de madurez

El servicio no arranca proponiendo un laboratorio. Arranca midiendo si la institución está en condiciones de sostener uno, sobre ocho dimensiones que se valoran de forma anónima y agregada por las personas que dirigen los servicios.

El resultado se lee por servicio y por unidad, y sirve para dos cosas: decidir por dónde empezar y establecer la línea base contra la que se medirá el avance dentro de dos años. También revela qué áreas no han contestado, que suele ser tan informativo como lo que contestan las demás.

Una cautela de método. Este diagnóstico es una fotografía para abrir una conversación estructurada, no un ranking. Con muestras pequeñas (y en una institución siempre lo son por servicio) las diferencias entre unidades se leen como señales de dónde conversar, no como una clasificación de quién lo hace mejor.

Qué es el laboratorio

No es una sala. Es una infraestructura de innovación de servicios que combina tres funciones, y que fracasa si le falta cualquiera de las tres.

La tecnología apoya el laboratorio y no lo define. Un laboratorio que se reconoce por sus pantallas y no por sus decisiones es una sala de exposiciones cara.

Quién lo sostiene

El punto donde estos proyectos se caen no es el diseño: es la activación. Un laboratorio sin equipo con nombre acaba siendo una sala que se reserva para reuniones.

El equipo núcleo: cinco personas

Cinco es el número, y no es arbitrario. Con menos no caben las funciones; con más deja de poder convocarse y se convierte en otro comité.

La regla de los tres dueños

Cada proyecto del laboratorio sale con tres nombres propios: un dueño de usuario, un dueño de servicio y un dueño de método. Es la regla que impide que una buena idea se quede en la pared, y es la que más resistencia genera cuando se propone.

El programa anual

Un laboratorio sin calendario propio se llena de lo que le pidan otros. El programa combina acceso abierto, actividades fijas y ciclos de proyecto.

Cómo se hace

Cuatro fases a lo largo de dos años, con una decisión explícita al final de cada una sobre si se sigue, se ajusta o se para.

Dónde termina este servicio y dónde empieza el de rediseño

Los dos trabajan sobre servicios y conviene no confundirlos, porque se contratan en momentos distintos.

Rediseño de servicios

Un servicio concreto, ocho semanas, un entregable. Se contrata cuando hay un servicio que está dando problemas y hace falta rehacerlo con quien lo usa.

Implantación de estrategias

La capacidad de hacer eso de forma continua y sin mí. Se contrata cuando ya se ha hecho uno y se quieren diez, o cuando el cuello de botella no es un servicio sino la propia agilidad de la casa.

El diagnóstico de madurez es lo que decide cuál toca. Si la agilidad administrativa aparece como brecha crítica, empezar por un rediseño produce un diagnóstico impecable y ninguna implantación: el rediseño se atascará exactamente donde el diagnóstico avisaba.

Qué lo hace distinto

Empieza midiendo, no proponiendo

El diagnóstico de madurez puede concluir que no toca. Prefiero decirlo antes de cobrar un laboratorio que después de inaugurarlo.

Ataca las condiciones, no los proyectos

La palanca no está en hacer mejores proyectos de mejora: está en que los procedimientos, los recursos y las competencias permitan que un proyecto prometedor avance.

Cinco personas y tres dueños por proyecto

Las dos reglas que separan un laboratorio de otro comité. Se acuerdan antes del lanzamiento y por escrito.

Prevé el tokenismo y lo bloquea

Invitar a las personas usuarias a un taller y no dejarlas influir en la decisión destruye más confianza que no invitarlas. La participación entra en el encuadre del problema y en la decisión, o no entra.

La capacidad se instala, no se presta

La formación de facilitadores de la casa está en la fase 3, no al final. El objetivo declarado es que el segundo sprint lo conduzcan ellos.

Se documenta lo que se descarta

Un laboratorio que solo enseña sus éxitos no genera aprendizaje institucional, genera relaciones públicas.

Para quién funciona

Cómo se contrata

Qué pone tu organización

Cómo se cierra

El alcance y las condiciones se fijan en una conversación previa, a partir del tamaño de la institución, del número de servicios implicados y de hasta qué fase se quiere llegar. El diagnóstico de madurez se puede contratar por separado y es lo que permite decidir el resto con criterio.

Hablemos de instalar esta capacidad en tu institución
Joaquín Romero Roldán · Consejero-asesor independiente joaquinromero.com